Felicidad, culpa y depresión*



Manuel Fernández Blanco. Psicólogo clínico.

C.H.U. A Coruña

Psicoanalista ELP-AMP. A Coruña

Correspondencia: mafeba@arrakis.es


LA DEPRESIÓN COMO EPIDEMIA

 

La Federación Mundial de la Salud Mental (World Federation for Mental Health) acaba de publicar un informe que lleva por título Depresion: A Global crisis (Depresión: una crisis mundial). Según los datos que aporta este informe, los trastornos depresivos unipolares ocuparon el tercer lugar en la causa de carga global de enfermedad en 2004 y llegaran al primer lugar en 2030. Por otra parte, la OMS ha pronosticado que la depresión será la segunda causa principal de incapacidad para el año 2020 (OMS, 2001).


A lo largo de este informe, se hace especial hincapié en que la depresión es una enfermedad que puede ser tratada con éxito. Se nos ocurre decir que puede ser tratada con tanto éxito, que se ha convertido en epidemia en el momento en el que, supuestamente, contamos con fármacos eficaces para combatirla. Los datos publicados recientemente en la revista Atención Primaria resultan impactantes: en España, el 24% de las mujeres toma antidepresivos y más del 30% ansiolíticos.


Actualmente, estar mal psíquicamente y estar deprimido se han hecho prácticamente equivalentes. Por eso el concepto de 



* Conferencia dictada, el 26 de octubre de 2012, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la universidad de Granada, organizada por el Instituto del Campo Freudiano en colaboración con el Vicerrectorado de Extensión universitaria de la universidad de Granada.





depresión, ampliamente utilizado en la clínica, ha pasado al lenguaje común como el modo habitual de nombrar cualquier malestar psíquico. Hay depresiones, es innegable. Pero Freud privilegió siempre el concepto de culpa, ligado a la falla moral, al de depresión como entidad clínica autónoma. La depresión, para Freud y para Lacan, es inseparable del campo de la ética. Pero si en Freud la culpa aparece ligada al conflicto ente el goce y el ideal, y a la deuda simbólica que se transmite en las generaciones (a las faltas y a los secretos familiares), en Lacan la culpa aparece ligada a la abolición de la deuda simbólica. Por eso la culpa actual no tiene tanto que ver con el inconsciente sino con su rechazo. Si la depresión adquiere un carácter epidémico en la actualidad, sustituyendo a la nobleza de los síntomas, es porque la falta de goce es hoy imperdonable. Desde que ser feliz ha pasado a ser un deber, la ausencia de satisfacción hace al sujeto culpable de su infelicidad. Esto ha instalado en la civilización la depresión generalizada y la medicalización del dolor de existir. El psicoanálisis no trata a la depresión como tal y se opone tanto a la biopolítica de la tristeza (donde el culto a la salud viene al lugar dejado vacío por la religión) como a la ciencia conductual de la felicidad. La depresión actual es la enfermedad del rechazo de la verdad, por eso el psicoanálisis puede ser su terapéutica más eficaz.

 

EL ÉXITO DE LA DEPRESIÓN COMO ENTIDAD CLÍNICA

 

Hay depresiones, es innegable, pero también es innegable que existen políticas diferentes ante la depresión. El término de política, aplicado a la clínica, es totalmente adecuado. Existen, por ejemplo, diferentes políticas del síntoma. No es lo mismo contemplar el síntoma como una disfunción, o como el resultado de una disonancia cognitiva, que como una invención, como un funcionamiento, en ocasiones el único al que un sujeto tiene acceso.


Si el término política es inherente a la clínica, tal vez cuando hablamos de depresión es especialmente pertinente. Para  empezar, diré algo en lo que conviene reparar: se habla de la histérica, o del obsesivo, o del sujeto psicótico. Son clínicas del sujeto. En el caso de la depresión parece borrarse esta dimensión. La depresión parece constituir una entidad en sí misma que obtura la dimensión del sujeto. Es un nombre genérico para todo uso. Por eso, estar mal psíquicamente y estar deprimido se han hecho casi equivalentes a nivel de masas.


Me gusta partir siempre de los fundamentos. Lacan en Televisión sitúa la depresión como falla moral, como un pecado, como una cobardía moral, que, cito textualmente, “no cae en última instancia más que del pensamiento, o sea, del deber de bien decir o de reconocerse en el inconsciente, en la estructura”1. Jacques-Alain Miller señala al margen de este párrafo, en el mismo texto de Televisión, que “No hay ética más que del Bien-decir,…”


Tenemos que abordar entonces la depresión situándonos en el campo de la ética, del pensamiento, del bien decir, que no ignora el inconsciente, la verdad del inconsciente. La depresión tiene que ver con una falla moral, nos dice Lacan, lo que nos lleva a situar la génesis de la conciencia moral y la clínica de la culpa, siguiendo a Freud y a Lacan. Quiero plantear esto porque considero que el estatuto de la culpa y de la depresión ha cambiado. Si antes la depresión era más freudiana, ahora es más lacaniana, lo que da lugar a clínicas diferentes. Comencemos, entonces, por situar la clínica de la culpa y del dolor moral en Freud.


Todo el mundo ha sentido, en algún momento, los signos de la depresión: desvalorización, autodesprecio, impotencia… Pero 



1 LACAN, J. Psicoanáisis. Radiofonía & Televisión. Barcelona, Anagrama, 1977, p. 107.





Freud privilegió el concepto de culpa sobre el de depresión. Sabemos que es frecuente que la depresión esté asociada a la culpa. El sujeto, en la depresión, se siente en falta, en falla moral, hasta el punto que puede buscar ser castigado o actuar autopunitivamente.


Pero, si el sujeto es culpable, es que ha sido enjuiciado. Sus actos, o sus intenciones, han sido juzgados y ha resultado ser culpable. Para que esto sea posible es necesario un ordenamiento moral del sujeto, un código moral en relación al cual evaluar su propio acto. Esto supone la necesidad de plantearnos la lógica del surgimiento de la conciencia moral en el sujeto.


Freud equiparó el surgimiento de la conciencia moral con el de la instancia psíquica que la representa: el Superyó, a quien también denomina “Ideal del yo”. De algún modo se ve ya de partida que la culpa, la falta moral en la depresión, es correlativa de una conmoción del yo del sujeto al que su acto, o su pensamiento, le distancian de sus propios ideales interiorizados. El deprimido se juzga despreciable en función de sus propios ideales. Primera consecuencia: cuanto más acento haya puesto el sujeto en los ideales, más culpa. Aparece así la culpa como un afecto propio de los inocentes. Se sabe que los auténticos culpables rara vez experimentan sentimiento de culpa. La culpa es mayor en las personas de grandes principios morales. Se tratan muy mal, a sí mismos, aquellos que están ligados a ideales de rectitud moral. Aquellos que no se permiten hacer nada “malo”. Pero, y aquí empieza la paradoja, lo juzgado “malo”, puede ser placentero. El pecado siempre es de goce.


¿Cómo se adquiere esta división entre “bueno” y “malo”? No es un punto de partida. Casi podríamos decir que para el niño, inicialmente, son buenas muchas cosas malas en cuanto le proporcionan placer. Pegar, ensuciar, gritar, pueden ser modos de obtener placer para un niño. La agresividad es primaria en el

ser humano. Rousseau no tenía razón: no existe el buen salvaje. Lo primario es el goce, no la civilización. Entonces, ¿cómo el goce primario va a aceptar ser limitado? La respuesta freudiana a esta cuestión la podemos encontrar en el capítulo siete de El malestar en la cultura 2. Se trata de dos respuestas combinadas. Vayamos por la primera.


El niño renuncia a lo que le procura satisfacción por el temor a la pérdida del amor del adulto. De esos adultos, los padres fundamentalmente, frente a los que el niño está en una dependencia de cuidados pero también en una dependencia de amor. Es decir, el operador que permite la renuncia a las satisfacciones pulsionales, en un primer momento, es la angustia ante la posibilidad de la pérdida del amor. Pero, en este primer momento, el temor solo se produce si el adulto descubre al niño haciendo la “fechoría”. En este primer momento según la descripción freudiana, que remite más a una operatividad lógica que a una exactitud cronológica, no es posible hablar aún de conciencia moral ni de sentimiento de culpabilidad. De momento solo se puede hablar de angustia ante la posibilidad de la pérdida del amor. La autoridad es, aquí, externa al sujeto. Depende del hecho de que los padres conozcan, o no, la falta, el surgimiento de la angustia en el niño.


Solo se puede hablar de conciencia moral, y de sentimiento de culpabilidad, a partir de que la autoridad es internalizada. A esto Freud lo denomina Superyó, como equivalente a la subjetivación de la función del Ideal del sujeto. Y aquí ya no hay escapatoria. Porque el padre puede descubrir, o no, la fechoría. Pero el Superyó sabe siempre. Mientras que al principio todo iba bien si el Otro no se entera, o si se le engaña, ahora no hay engaño posible. La conciencia moral desarma al individuo y, 



2 FREUD, S. “El malestar en la cultura”, en Obras Completas (9 tomos). Madrid, Biblioteca Nueva, 1974, tomo VIII, pp. 3053-3060.





como dice Freud, “lo hace vigilar por una instancia alojada en su interior, como una guarnición militar en la ciudad conquistada”3.


Además ahora el problema para Freud ya no es solamente todo lo que uno hace mal. Al entrar en función el Ideal del Yo, ideal que condiciona simbólicamente al Yo ideal (es decir el Yo que se adecuaría a ese Ideal, a esos rasgos, que lo harían amable a los ojos del Otro), el problema pasa a ser responder a ese Ideal. Por lo tanto ya no es, solo, aquello que hice mal, sino lo que podría haber hecho bien, o hecho mejor, y no lo hice. Cuando Freud dice que nada puede escapar al Superyó, desde su constitución, está diciendo: todos culpables. Y es cierto, desde esta perspectiva, se podría hablar de la depresión común universal, por el simple hecho de entrar en el universo de la cultura. Como dice Jacques-Alain Miller, la depresión es la enfermedad del género humano y es difícil de curar sin eliminar con ella nuestra misma humanidad 4.


Podríamos pensar que hay sujetos, los verdaderos delincuentes, que no se sienten culpables. Estarían en ese momento lógico del niño al que, según Freud, solo le preocupa no ser descubierto y castigado. Es decir que el problema es con el Otro exterior no con la propia conciencia. Pero, para los demás, el Ideal nos recuerda que nunca estamos a la altura. A mayores exigencias ideales, a mayor sacrificio al Ideal, más culpa.


Esto lleva al sujeto a sentirse culpable de las desgracias que le trae la vida, que hace equivalentes de no merecer el amor. Es un hecho, verificable en la clínica, que muchas personas se 



3 FREUD, S. “El malestar en la cultura”, en Obras Completas (9 tomos). Madrid, Biblioteca Nueva, 1974, tomo VIII, pp. 3053.

4 MILLER, J.A. “Propagande massive pour dépister la dépression: la France rattrape son retard”, Le Nouvel A^ne nº 7, p. 17.





consideran culpables por hechos, o situaciones, de las que nadie las culparía. Por ejemplo, el nacimiento de un hijo con una minusvalía, la pérdida del trabajo por razones ajenas a su desempeño profesional, etc. Se ha subrayado la aparente contradicción entre el surgimiento de sentimiento de culpa entre gente torturada, bajo regímenes dictatoriales, y la ausencia de culpa en los torturadores. Freud destaca que cuando la adversidad aparece el Superyó se hace más cruel y, por la contra, se vuelve más laxo cuando la vida sonríe al sujeto.


Hasta el momento, he intentado dar cuenta de la vertiente del surgimiento de la conciencia moral, en Freud, por la vía de la introyección de los ideales. Pero esta perspectiva debe completarse con otra, la segunda.


Ya la estábamos apuntando cuando mencionaba que aquellas personas de mayor rigidez moral, aquellas personas que se permiten menos, padecen más de culpabilidad ¿Por qué sucede esto? Por algo muy preciso: se puede renunciar a una satisfacción por temor a la autoridad externa. Así, no hay nada que temer en relación a esa autoridad. Pero, ¿se puede renunciar a un deseo? Los actos pueden inhibirse pero los deseos son irrenunciables y no prescriben. No solo los actos son culpables a los ojos del Superyó, también lo son las intenciones. Así la renuncia se convierte en el mecanismo que hace al Superyó más severo. La conciencia moral es como un león feroz. Se le da carne para intentar calmarlo y lo único que se consigue es engordarlo y aumentar su ferocidad y exigencia. Freud tenía muy claro que el Superyó castigaba sin piedad a los más compasivos. Por eso la religión, que contiene siempre importantes dosis de sabiduría, inventó por este motivo al demonio. Inventó al demonio para explicar y resolver el hecho de que las tentaciones sean mayores en los justos.


Pensado de este modo, es la renuncia a la satisfacción de las pulsiones (y de la agresividad en primer lugar), lo que hace al Superyó más agresivo. Esto permite extraer una consecuencia 

educativa. No es la severidad de la educación lo que hace un Superyó más severo ya que, en este caso, el sujeto puede dar salida a su agresividad. Es cuando alguien es muy amado, cuando no está legitimado a exteriorizar la agresividad y, así, el sujeto revierte esa agresividad sobre sí mismo. Satisface así la pulsión agresiva sobre sí mismo. De este modo se instala en el dolor. En el dolor del goce del sacrificio. El sacrificio como modo de recuperar, en sí mismo, el goce perdido en la renuncia a satisfacer sus pulsiones agresivas cara al exterior.


Freud no aconseja una educación excesivamente permisiva. Dice textualmente, en El malestar en la cultura, que “un niño educado muy blandamente puede desarrollar una conciencia moral sumamente severa”5. Esta es la trampa del amor, que todo deseo agresivo revierte en culpa y en autopunición. Es en el lugar donde se pone más acento en el deber, donde se instalará con más fuerza el imperativo de gozar. Es decir el goce se acumula en el mismo lugar donde el sacrificio es exigido. En el lugar de mayor exigencia de honradez es donde se instala la corrupción.


El psicoanálisis es una clínica de la culpabilidad. Por esto mismo hay pocos perversos en análisis y sí muchos neuróticos. Dejaré, de momento, de lado el tema de la culpa psicótica, representada por el delirio de indignidad del melancólico. Los neuróticos se sienten culpables y pueden presentarse bajo el peso de su culpa, a lo que fácilmente se puede sentir la tentación de llamar depresión. Por otra parte la culpa es una de las condiciones del tratamiento posible, ya que la culpa es el signo de que el sujeto sintomatiza el goce. Por eso la gran neurosis de culpa es la obsesiva. Justo aquella en la que el sujeto ha tenido una relación al goce desde el exceso. Un goce que entra en contradicción con sus ideales.



5 FREUD, S. “El malestar en la cultura”, p. 3058.





Pero este sentimiento de culpabilidad es inconsciente, a no confundir con los remordimientos, y puede llevar al individuo al crimen. Sería el caso de los criminales por sentimiento de culpa. Como si de este modo, como nos dice Freud en el capítulo cinco de El yo y el ello, “para el sujeto hubiera constituido un alivio poder enlazar dicho sentimiento de culpabilidad con algo real y actual” 6.


En la neurosis obsesiva son especialmente acusados los reproches de la conciencia moral. Aunque este autotormento interior puede volverse agresividad frente al otro, en su presencia. La neurosis obsesiva es una estructura más común en los hombres. Es la neurosis típicamente masculina. La neurosis que condujo a Freud a la necesidad de teorizar el concepto de Superyó. Una neurosis del deber, por otra parte. Pero ese ¡debes! del obsesivo, que a menudo parásita su pensamiento, no impide la culpa. Por esto, el obsesivo puede parecer depresivo pero en realidad lo que está es atormentado.


Si pensamos las cosas del lado femenino, es mucho menos frecuente ver a las mujeres con una relación a los imperativos de la norma tan exigente como en el caso de los hombres. Esto llevó a cuestionar, al mismo Freud, la existencia del Superyó femenino o bien a pensar que el Superyó de las mujeres era mucho más laxo. Sin embargo vemos mujeres deprimidas. Es más, podríamos decir que la clínica de la depresión es más frecuente en las mujeres (como mencionaba al principio, el 25 por ciento de las mujeres en España están medicadas con antidepresivos), muy a menudo combinada con la angustia (el 30 por ciento están medicadas con ansiolíticos). Lo que ocurre es que la depresión femenina se relaciona fundamentalmente con la pérdida del amor. No es cierto que las mujeres no tengan



6 FREUD, S. “El Yo y el Ello”, Capítulo V, en Obras Completas, tomo VII, p. 2724.





Superyó, solo que en la constitución del Superyó femenino tenemos la prevalencia del amor del Otro. Es decir que en la lógica que gobierna la génesis de la conciencia moral, la mujer dio prevalencia a la relación con el Otro del amor. No a la introyección de ese Otro. Por lo tanto, si el Otro no sabe, no hay culpa. Esto explica, igualmente, la afición de la mujer por el secreto (incluso como condición de su vida amorosa). Si el Otro no sabe, no hay peligro de la pérdida de su amor y los remordimientos, el tormento interior, es más una cosa masculina.


El desastre solo se produce, en las mujeres, si existe una pérdida efectiva del amor. Los efectos de esto pueden ser devastadores como se ve en la clínica. La dependencia del amor del Otro es la principal causa de la depresión en las mujeres, en consonancia con la especificidad del Superyó femenino. El amor del Otro, en las mujeres, es un garantía del ser y por eso la pérdida del amor es mucho más traumática que en los hombres. El hombre no está tan interesado en el ser para el Otro, sino en el tener. Y, en el régimen del tener, los objetos son más fácilmente sustituibles.


Freud no privilegia la depresión como una entidad clínica autónoma. Lo que privilegia el psicoanálisis es la relación a la culpa. La depresión habría que situarla, entonces, como falla moral. Conmoción narcisista del Yo, por lo tanto. El sujeto no puede verse amable haciendo lo que hace. Si se trata de una falla moral, es imprescindible introducir la dimensión de la ética. Y, en el psicoanálisis, lo que está siempre en juego es esta dimensión, en cuanto la ética supone un juicio sobre el acto. La ética del psicoanálisis se resume en una frase que pueden encontrar al final del Seminario siete de Jacques Lacan. Es cuando dice: “propongo que de la única cosa de la que se puede ser culpable, al menos en la perspectiva analítica, es de haber cedido en su deseo” 7. Esto, aunque se hayan hecho las cosas con buena intención, o por el bien del otro. Porque ninguna de estas condiciones permite librarse al sujeto de las catástrofes  interiores ni de la neurosis.


Cuando se cede ante el deseo, el sujeto se traiciona a sí mismo. No se trata en el psicoanálisis, por lo tanto, de una ética de los bienes. Mucho menos del bien común que propone lo mismo para todos, la uniformidad. El psicoanálisis es una ética del deseo particular. El bien más preciado es el que permite pagar el precio por el deseo. Ese precio, la renuncia a cierto goce que puede llevar a lo peor, es la que el neurótico se resiste a pagar. O bien paga donde no debe. La consecuencia es que el neurótico está en deuda y el sentimiento de culpa persiste. “Pero -como nos dice Freud en El Yo y el Ello- este sentimiento de culpabilidad permanece mudo para el enfermo. No le dice que sea culpable, y de este modo el sujeto no se siente culpable, sino enfermo” 8. Me parece que esta frase de Freud es de una actualidad innegable.


La dimensión ética, sin la cual no se puede entender la culpabilidad, supone la responsabilidad del sujeto. Responsabilidad no tanto sobre los hechos. El sujeto no es responsable de haber nacido en determinada familia, con determinado sexo biológico, o en un orden determinado entre sus hermanos, por ejemplo. Pero si es responsable de la significación de los hechos. Este es el posible sentido del aforismo lacaniano de que de nuestra posición de sujetos somos siempre responsables.


Hemos visto como la culpa, en Freud, se liga al Ideal y a la deuda simbólica. Pero, ¿qué nos dice Lacan, ya en el año 1961, en su Seminario 8 sobre La transferencia? Pues bien, nos dice lo siguiente: “Ya no está a nuestro alcance limitarnos a ser  



7 LACAN, J. El Seminario, Libro 7, La ética de psicoanálisis. Buenos Aires, Paidós, 1988, p. 379.

8 FREUD, S. “El Yo y el Ello”, p. 2722.





culpables por la deuda simbólica. Es tener la deuda a nuestro cargo lo que nos puede ser, en el sentido más próximo que esta palabra indica, reprochado. En suma, es la deuda misma en la que teníamos nuestro lugar lo que nos puede ser arrebatado, y entonces podemos sentirnos a nosotros mismos totalmente alienados. Sin duda, la Áte antigua nos hacía culpables de esta deuda, pero al renunciar a ella como ahora podemos hacerlo, llevamos la carga de una desgracia todavía mayor, por el hecho de que ese destino ya no es nada. En suma, lo que sabemos por nuestra experiencia de todos los días es que la culpabilidad que nos queda, la que nos resulta palpable en el neurótico, es precisamente la que hay que pagar debido a que el Dios del destino está muerto” 9.


¿Qué concluir? La cita anterior de Lacan, de hace más de 50 años, es el diagnóstico de nuestros días: el dios del destino, del sentido, ha muerto; lo que arroja a los sujetos a unas vidas cada vez más y más desprovistas de sentido porque solo por la deuda el sujeto se vincula al Otro, se sabe hijo del Otro. Esto es lo paradójico, lo sorprendente: que si el dios del sentido ha muerto, sólo queda el sinsentido, o sea la orfandad, lo que lleva a la extensión del sinsentido como forma de estar en el mundo.


¿Por qué recurrir a esta cita? Porque nos permite situar la diferencia entre la culpa freudiana y la lacaniana. La culpa freudiana tiene que ver con el conflicto entre el ideal y el goce y con la deuda simbólica. La culpa lacaniana es la consecuencia de que “ya no está a nuestro alcance limitarnos a ser culpables por la deuda simbólica”. Y, de que “la culpabilidad que nos queda […] es precisamente la que hay que pagar debido a que el Dios del destino está muerto”. Es decir la culpa actual no tiene que ver con el inconsciente sino con su rechazo.



9 LACAN, J. El Seminario, Libro 8, La transferencia. Buenos Aires, Paidós, 2003, p. 340. 





Por eso la depresión adquiere un carácter epidémico actualmente y, por eso, podemos situarla como un síntoma de la hipermodernidad, como lo son la anorexia o las toxicomanías. La característica común de los síntomas de la hipermodernidad es que son el resultado del rechazo del inconsciente, del no pienso, de no querer pagar el precio de la alienación significante, liberándose del peso y de la responsabilidad de la palabra. El rechazo de la palabra es el triunfo de la muerte.


Retomemos de nuevo, por un momento, a Freud. En Inhibición, síntoma y angustia10 cuando plantea que la inhibición es uno de los modos de evitar la angustia, de defenderse de la angustia; la inhibición es del yo, es la falta de acción, el detenerse, el no hacer nada, también el no pensar. De algún modo, la inhibición es una forma de rechazo del saber y del inconsciente. Por eso, si la inhibición es un modo de tratar la angustia, podemos entender por qué hay también una mayor incidencia y prevalencia de los trastornos depresivos en nuestra civilización, porque la inhibición está asociada a la depresión.


Hay dos formas habituales de evitar la angustia: la inhibición o la descarga motriz. Si hay un déficit de palabra, si hay una dificultad de tratar simbólicamente aquello que, de lo contrario, se expresa como angustia, entonces o bien tenemos la depresión, por vía de la inhibición, o bien tenemos las patologías del acto, por la vía de actuar para no pensar y el recurso al pasaje al acto como modo de evitar la angustia.


Esto explicaría, por ejemplo, la asociación del déficit de atención y la hiperactividad en los niños: se trata a la vez el rechazo del pensamiento y el pasaje al acto a través de la motricidad 



10 FREUD, S. “Inhibición, síntoma y angustia”, en Obras Completas, tomo VIII, pp. 2833-2883.





desbordante, por eso están articuladas. No soy precisamente un entusiasta de las clasificaciones actuales de los trastornos mentales –del DSM en particular-, pero siempre hay un real en juego cuando un fenómeno de este tipo aparece unido y no hay que retroceder ante él, hay que intentar explicarlo también psicoanalíticamente. Es lógico: el rechazo del pensamiento, del lenguaje, de la palabra, lleva a que la motricidad sea desbordante porque no está sujeta por el lenguaje. No es que se haya modificado la neuroquímica cerebral de hace veinte años para acá, es que el déficit de la palabra condena a muchos niños a la hiperactividad. La hiperactividad es la depresión generalizada en su vertiente infantil, por eso se trata con psicoestimulantes.


El síntoma neurótico es un tope a la angustia. En definitiva hay angustia cuando el síntoma fracasa, si hay un síntoma bien constituido no hay angustia, de ahí que el título de Freud sea en realidad: Inhibición, síntoma o angustia. Son malos tiempos para el síntoma, por eso la depresión o la angustia vienen al lugar del síntoma.


El psicoanálisis no trata la depresión como tal, porque la depresión no es un síntoma. Por el contrario, los afectos depresivos se oponen al inconsciente y a la exigencia ética el bien decir. La depresión es un nombre genérico de gran éxito edificado sobre las ruinas de la clínica psiquiátrica, de la gran clínica psiquiátrica. Por eso, en el DSM-IV, no aparece la psicosis melancólica y bajo el epígrafe Depresión Mayor (con o sin síntomas psicóticos) se diluye la diferencia entre neurosis y psicosis. Los llamados trastornos afectivos, multiplicados en infinitas categorías, ganan terreno. Crecen y se reproducen, se multiplican, se pluralizan en una deriva que no parece tener fin. La depresión se plantea al margen de las estructuras como un fenómeno transclínico. Forcluye al sujeto, por eso se adapta bien a los postulados de la psiquiatría biológica. El psicoanálisis no trata la depresión, aunque es el tratamiento más eficaz de los efectos depresivos derivados de la renuncia al deseo y el  rechazo del inconsciente. El rechazo del inconsciente se traduce en depresión porque la felicidad posible se basa en el acuerdo verdadero entre el sujeto y la vida que lleva. Ese acuerdo es individual, singular, alejado de cualquier fórmula supuestamente válida para todos.


ACTUALIDAD DE LA DEPRESIÓN

 

La depresión actual no es la depresión clásica, podemos situarla siguiendo a Miller quien, en su curso con Éric Laurent sobre El Otro que no existe y sus comités de ética, dice: “Si a uno no le gusta gozar hoy no tiene excusa. De modo que los que sufren, los neuróticos, no solo sufren, sino que además si sienten culpables por sufrir […] Se vuelve cada vez más difícil quejarse del Otro, porque existe cada vez menos y entonces uno mismo es culpable. Hay algo en la depresión actual de que la falta de goce hoy es imperdonable. Por eso se hace de lo que se llama la depresión el mal paradigmático de la civilización. El goce solo se sitúa a partir de un plus de gozar que no está velado sino que se exhibe de todas las maneras” 11. Parece claro que el neoliberalismo se adecua muy bien a esta nueva modalidad superyoica: somos culpables de nuestros fracasos. Por eso la culpa sustituye a la reivindicación. Por eso el discurso neoliberal ha pasado a ser dominante.


Recientemente Eric Laurent, en una entrevista que le hizo Or Ezrati para Haaretz (publicada el 29 de Julio de 2012), declaraba lo siguiente: “Una de las demandas de nuestros tiempos capitalistas es la necesidad de pensarnos a nosotros mismos como empresarios que deben maximizar sus vidas. Debemos pensar más, disfrutar más, experimentar una vida sexual más intensa. Si no lo maximizamos, lo vemos como un fracaso, 



11 MILLER, J.A. y LAURENT, É. El Otro que no existe y sus comités de ética. Buenos Aires, Paidós, 2005, p. 343.





donde los únicos culpables somos nosotros mismos. Entonces, la demanda más común será: ‘Por favor, arrégleme’. Ese es el ideal del Superyó: ‘Por favor, arrégleme, vuélvame súper-productivo’. Desde mi punto de vista, es más acertado tomarlo como una demanda del Superyó que pesa sobre el sujeto e interpretarlo consecuentemente −en lugar de tratar de acceder a él. En definitiva, todos pueden percibirse como fracasados en cierto sentido, y lo cierto es que no es tan terrible".


Estamos muy lejos (aunque cronológicamente no tanto) de la época en la que el mundo se concebía como un valle de lágrimas al que se venía a sufrir. O de la época romántica de la tristeza como agalma. La dificultad de consentir a la tristeza empuja a la hipomanía generalizada ya que el sujeto actual se identifica con la deriva misma de la pulsión (en los niños esto se llama hiperactividad).


La civilización actual empuja al sujeto hacia el deber de ser feliz. La felicidad ha pasado de ser una posibilidad, normalmente momentánea, a ser una obligación. Por otra parte, la promesa de felicidad se hace depender del consumo. Esto supone una inversión, hemos pasado del objeto del fantasma particular de cada uno, al fantasma de que el objeto está disponible en la estantería del mercado global. La administración que hace el capitalismo pulsional del empuje al consumo lleva a la bulimia y a la insatisfacción generalizada por la rápida caducidad de los objetos de consumo. La respuesta del capitalismo es la novedad. La novedad misma como objeto de goce: consumimos novedad.


En la utopía autoritaria que Aldous Huxley imaginó para su novela Un mundo feliz, un ministerio garantizaba que el tiempo transcurrido entre la aparición de un deseo y su realización fuera el menor posible. Hasta hace bien poco, el llamado Estado del bienestar parecía acercarnos a esta posibilidad. El proyecto de futuro que nos dibujaba permitía soñar con una sociedad gobernada por el hedonismo de masas. Este modelo se basaba  en el acceso colectivo a todo tipo de bienes de consumo, a los objetos de la felicidad, que el mercado, la banca y el Estado podían garantizar a todos de modo inmediato, y sin pasar por excesivas penalidades para conseguirlos. Se construía así una sociedad donde el auge de los derechos iba de la mano del declive de la responsabilidad. Recordemos las palabras de John Taylor, cuando decía: “Si usted puede establecer un derecho y demostrar que está privado de él, entonces adquiere el estatuto de víctima”. Por eso la sociedad de los derechos iba camino de ser, al mismo tiempo, la sociedad del victimismo generalizado.


El mundo globalizado, y la rapidez hasta ahora inédita de los cambios promovidos por los flujos capitalistas especulativos, nos ha despertado de este sueño. Del sueño que permitía ignorar que el hedonismo es la otra cara de la pulsión de muerte y que una sociedad no puede sobrevivir exclusivamente asentada en el placer como principio básico. El hedonismo contemporáneo se basa en la necesidad del goce ininterrumpido. Por eso, a las adicciones clásicas: a las drogas, al alcohol, o al juego, hemos añadido los adictos al sexo, los chateadores de la madrugada, los adictos al móvil y a los videojuegos, los compradores compulsivos e, incluso, los adictos al trabajo. Nadie puede dudar que nos encaminamos hacia la constitución de una sociedad globalmente adictiva, por eso las patologías dominantes son las relacionadas con las dependencias.


Este estilo de civilización nos ha adormecido de lo real. Nuestras cabezas se han puesto a dormir, cautivadas por el goce pasivo de la mirada. Los sujetos actuales se embriagan con sus propias endorfinas ante las pantallas del televisor, de Internet o con los juegos de video. El ser humano siempre pudo soñar despierto, pero las nuevas tecnologías se adueñan de esta posibilidad incidiendo en el cuerpo, especialmente en el de los niños, que se sobrexcitan con estos aparatos que desrealizan la vida. Por otra parte, desde que ser feliz ha  pasado a ser un deber, la ausencia de satisfacción provoca culpabilidad. Esto ha instalado en la civilización la depresión generalizada y la medicalización del dolor de existir. El tratamiento de la insatisfacción estructural del ser humano por medio de los objetos de consumo, y de los fármacos, nos ha convertido en una sociedad globalmente adictiva que provoca la decepción permanente en los sujetos.


La depresión supone unos costes enormes en gastos sanitarios y sociales (especialmente en el capítulo de los subsidios por incapacidad laboral). La primera gran respuesta a esta epidemia ha sido la medicalización masiva. Esta alternativa se proponía por su eficacia, supuestamente basada en tratamientos farmacológicos cortos y baratos. Pero el consumo de antidepresivos se ha multiplicado por siete en las dos últimas décadas y muchos pacientes se han cronificado en este tipo de tratamiento postulado como corto y eficaz. La mayoría de los pacientes que hacen una tentativa de suicidio toman antidepresivos y, en casos de psicosis, pueden favorecer el pasaje al acto o activar un delirio persecutorio.


Actualmente, se constata el fracaso de la política del medicamento y los costes sanitarios, laborales y sociales de la depresión se revelan cada vez más inasumibles. Ante el fracaso de la biopolítica, la alternativa es el nacimiento de una nueva ciencia de la felicidad, tal como la ha definido Éric Laurent en una conferencia pronunciada en Madrid el 11 de noviembre de 2007 y que ha sido publicada con el título de “La felicidad o la causa del goce” 12.


En esa conferencia Éric Laurent analiza como el nivel de renta no influye en la felicidad (según un índice medido por 



12 LAURENT, É. “La felicidad o la causa del goce”, El Psicoanálisis nº 13, pp. 34-45.





cuestionarios). De hecho el PFB (Producto de Felicidad Bruta), término creado por el gobierno budista de Bután que obtiene la calificación más alta a nivel mundial en índices de felicidad, iguala a países desarrollados y no desarrollados. Por ejemplo, un estudio coloca a Guatemala, Honduras y el Salvador, entre los diez países más felices del mundo. En realidad, este índice de la felicidad es indiferente a todo y no ha variado en los últimos 50 años. Es un índice que no reacciona al aumento del nivel de renta, ni al aumento del tiempo libre, ni al aumento de la protección social, ni a la modificación del papel de los sexos, ni a la invención de los psicofármacos. Lo que sí se detecta claramente es que la gente sostiene el ideal de felicidad en tener lo mismo que el otro. Sería mejor decir en tener algo más que el otro, que el vecino. Porque no es el nivel de ingresos lo que importa, sino salir satisfecho de la comparación con el semejante.


Ante el fracaso de los antidepresivos, la nueva política es la ciencia conductual de la felicidad. Por eso en junio de 2006 el grupo de políticas de la Salud Mental de la London School of Economics ha publicado un informe en el que propone un servicio nacional de psicoterapias, de tipo cognitivo-conductual y de corta duración (16 sesiones, una por semana, durante cuatro meses) para combatir los trastornos ansioso-depresivos que suponen un coste enorme al estado. Invirtiendo 700 libras (coste del tratamiento) se ahorrarían 2000 libras por cada persona tratada. Es decir se autofinanciaría el programa y daría beneficios. El servicio nacional de psicoterapia constaría de 250 equipos (10.000 personas). Este sería el ejército de la felicidad, al servicio de una ingeniería social que permitiría que las personas no dejaran de trabajar o impediría que perdieran su empleo por su depresión. Y, si lo han perdido, la terapia les ayudará a recuperarlo. Es la psicoterapia en la oficina de empleo.


Se han puesto en marcha centros experimentales. Un primer estudio ha analizado el resultado con 25 personas que han  completado el tratamiento: 2 han encontrado trabajo; cuatro se han inscrito en un curso de formación; seis no aguantaron el tratamiento y lo interrumpieron. Del resto no se precisa lo que ocurrió.


Vemos cómo la felicidad ha pasado a ser un nuevo objeto de consumo. El objeto de consumo viene al lugar de la falta que nos hace desear, por eso la depresión se generaliza. La histérica ya no despierta al amo porque está triste, fatigada crónicamente, fibromiálgica. La política del psicoanálisis frente a la depresión pasa, en primer lugar, por no autentificarla como una entidad clínica autónoma. La política del psicoanálisis pasa por concebir a la depresión, como lo ha destacado François Leguil, como una enfermedad de la verdad 13. Los psicoanalistas sabemos que nadie se podrá curar de una depresión sin interrogarse por la causa: sin interrogarse sobre el modo en que está traicionando su deseo.


Por eso, psicoanálisis y depresión son términos excluyentes. La depresión, a la que Lacan prefiere llamar tristeza, no es analizable. Y la tristeza solo es analizable si se cristaliza un síntoma analítico, que haga pregunta e incluya la dimensión del saber. La depresión es el efecto del rechazo al saber, por eso psicoanálisis y depresión son incompatibles. La epidemia de depresión testimonia, de algún modo (como en la histeria actual), de la dificultad se hacer un síntoma.


La transferencia analítica, en tanto moviliza el deseo, es el antidepresivo mayor y la más potente intervención antisuicida. Por eso la política del psicoanálisis frente a la depresión, como nombre genérico y universal, no puede ser otra que remitir al sujeto a su particularidad sintomática. Frente al todos deprimidos, la dignidad del síntoma.



13 LEGUIL, F. “La depresión, maladie de la vérité”, Le Nouvel A^ne nº 7, p. 20.