El poder de la institución y

las declinaciones de la falta


Chus Gómez

UHRP Hospital Piñor - Ourense

Psicoanalista ELP-AMP. Vigo

Correspondencia: chusagomez2009@gmail.com



“La disciplina es la forma general del poder psiquiátrico”

M. Foucault. El poder psiquiátrico. FCE. Pág. 96


Hola a todos. Es una alegría estar aquí de nuevo reunidos para construir un espacio en el que preguntarnos sin temor, despojados de lo políticamente correcto, sobre el poder onmipresente en nuestro trabajo, en mi caso en el manicomio. Cotejar que hay de nuevo y viejo en todo esto, o si no hay nada nuevo, y todo es viejo.


El motivo de cada narrador se hace tenuemente visible cuando la historia llega a su fin… y el otro nos interroga. En definitiva, en la vida cada uno hace y explica un duelo secreto, el suyo… y éste es un tema cercano al corazón.


Conocemos y compartimos un territorio común, físico e histórico, el de la locura, enraizada en lo profundo humano. A veces es una república salvaje, exuberante, desgarrada por el conflicto, otras: una llanura seca, muerta, árida y solitaria con una metereología propia, con sus luces y sombras, que implicará formas distintas de hacer.


Y nosotros ¿qué pintamos aquí? Es una pregunta que mis colegas y yo nos hacemos con cierta frecuencia cuando reflexionamos sobre qué clínica hacemos, qué problemas se nos plantean, qué queremos construir y qué ha cambiado en un proceso en el que ya después de un cierto recorrido permite un antes y un después... que va fraguando.


Un Antes en Toén, lo otro, “Allí”… lo viejo. Un Ahora: Piñor, esto… “Aquí”... lo nuevo… la página casi vacía pendiente de escribir. Todos sabemos que queda mucho por hacer.


Aquí el tema del poder y su microfísica foucaltiana va de suyo… es estructural.


El ejercicio del poder es universal… en lo psiquiátrico aunque ahora su vestimenta sea aparentemente más dulcificada, menos descarnada, es un semblante más suave, más politicamente correcto, pero igual de presente.


A mí me pasa un poco como a Borges, que desconfiaba de las historias y las geografías oficiales, en especial las de su propio continente, por eso cada uno escribe una historia que es al final su historia.


Quizás sea verdad que todas nuestras geografías e historias son imaginarias e imaginadas… Vamos por la tierra y el tiempo estableciendo límites, nombrando paisajes, nombrando gentes y cosas, en un ir y venir, en un hacer y deshacer, limando lo insoportable, pero en lo íntimo sabemos que todos nuestros mapas son tenues trazos de tinta evanescente que, después de un tiempo, volverán a ser blancos, para que otro pueda escribir sobre ellos y hacer sus propios caminos.


Si la cartografía de la imaginación y la cartografía de la tierra coinciden solo raramente, e incluso entonces, por apenas un momento, qué os voy a decir sobre las cartografías humanas de la locura... cualquier parecido con la generalización… es pura coincidencia… aunque esto no signifique decir que nuestros paisajes imaginarios carezcan de solidez. Tienen la solidez que les aporta el relato que construimos. La locura está enraizada con firmeza en nuestra conciencia desde el principio del mundo, y desde que el hombre arrancó a hablar enloquecido en la Babel bíblica…


Para sobrevivir en el manicomio es necesario, tanto para locos como para loqueros, haber habitado Utopía, mucho antes de que Tomás Moro le diera nombre a la isla.


Desde que en el inicio de los tiempos los humanos decidimos vivir juntos, imaginamos que nuestras cabañas apiñadas podrían ser un lugar donde la vida sería fácil, la juventud eterna, las relaciones armoniosas y el tiempo estable, próspero y venturoso. Después los hechos del día a día nos desilusionaron, pensamos que, aún cuando Utopía no era el hogar, podíamos sin embargo distinguir ese lugar, justo más allá del horizonte y hacernos un espacio habitado y habitable.


Queremos saber dónde estamos, porque queremos saber quiénes somos, porque creemos mágicamente que el contexto y el contenido se explican uno al otro.


La vida, en su proceso continuo, de toma y daca, nos suministra los retazos que convertimos en historias, y que a su vez le prestan al mundo apariencia de sentido y coherencia.


Cualquier lugar servirá para inspirar El Dorado, cualquier lugar podría convertirse en el País de Nunca Jamás, cualquier lugar puede llegar a transformarse a través de la imaginación del narrador en un espejo del mundo, por más oscuro que sea, por más curioso que sea su ángulo. El mundo ofrece claves que nos permitirán percibirlo, y ordenamos esas claves en secuencias narrativas, que nos parecen más verdaderas que la verdad. Secuencias que inventamos a medida que avanzamos, de modo que lo que llamamos realidad, es lo que contamos sobre la realidad.


Pero Nunca Jamás es un país imaginario, donde los niños no crecen y sólo existen la diversión y la felicidad. Es un lugar habitado por los niños perdidos, liderados por Peter Pan y su hada Campanilla, pero en él existen y habitan: el Capitán Garfio y sus temibles piratas, indios salvajes, y criaturas que habitan  en las selvas y aguas profundas... De acuerdo con la leyenda, si alguien desea llegar a este lugar, deberá girar en la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer, ahí podrá encontrar también que en la locura la palabra es sustancia exacta, claridad fraguada sostenible… Giremos pues en la segunda estrella a la derecha y dispongámonos a conversar.


El tema que nos convoca este año es tan nuclear en mi trabajo, que desde hace meses se ha corporeizado como un diálogo sordo y continuo dando vueltas en mi pensamiento, a más no poder. Por donde meterle el diente, era la pregunta. Leer, pensar, repensar lo que en la pequeña historia que me ha tocado, y me toca vivir, ha significado, significa y supone, pues día a día, he de enfrentarme a situaciones en las que, es la cuestión del poder y no otra, la que está en juego.


Desde diferentes ámbitos y estamentos, tanto internos como externos, y en relación a multiplicidad de cuestiones, que van desde lo banal, a lo mas serio y decisivo para alguien, instan a que me posicione y resuelva.


En esta tesitura me veo confrontada cada día, situación siempre difícil de resolver con los consabidos riesgos de las salidas por el exceso o por el defecto, sin que exista, la anhelada y salvadora, justa medida, que me deje en el buen lugar, que sería el PaísQuesestáporvenir, del orden de lo inhumano, y como tal, ajeno y desconocido.


Como siempre tengo referencias literarias que me ayudan a pensar, y que me dan las metáforas que ayudan a cernir algo del tema a tratar.


En esta ocasión las relevantes son: el museo de los esfuerzos inútiles de Cristina Peri Rossi y el desierto de los tártaros, magistral obra de Dino Buzzati de 1940.


Suele ser la literatura la que orienta, ordena y dirige en muchos  casos después la elección de la lectura de textos, ya de la “disciplina”, significante cuyo campo semántico aquí tiene mucho que decir.


En el inicio, encajado como una mano en un guante, Peri Rossi, dice lo que podría ser el poder, ejercido como violencia, creo que mejor definición imposible:


“El espacio que queda entre la espada y la pared es exiguo. Si huyendo de la espada, retrocedo hasta la pared, el frío del muro me congela, si huyendo de la pared, trato de avanzar en sentido contrario, la espada se clava en mi garganta. Cualquier alternativa, pues que pretenda establecerse entre ellas, es falsa y como tal, la denuncio. Tanto el muro como la espada sólo pretenden mi aniquilación, mi muerte, por lo cual me resisto a elegir. Si la espada fuera más benigna que el muro, o la pared, menos lacerante que el filo de aquella, cabría la posibilidad de decidirse, pero cualquiera que las observe, comprenderá enseguida que sus diferencias son sólo superficiales.


Sé que tampoco es posible dilatar mi muerte tratando de vivir en el corto espacio que media entre la pared y la espada. No sólo el aire se ha enrarecido, está lleno de gases y de partículas venenosas: además, la espada me produce pequeños cortes ‘que yo disimulo por pudor’ y el frío de la pared congestiona mis pulmones.... Si consiguiera escurrirme, la espada y el muro quedarían enfrentados, pero su poder, faltando yo entre ambos, habría disminuido tanto que posiblemente el muro se derrumbara y la espada enmoheciera. Pero no existe ningún resquicio por el cual pueda huir, y cuando consigo engañar a la espada, la pared se agiganta, y si me separo de la pared, la espada avanza. He procurado distraer la atención de la espada proponiéndole juegos, pero es muy astuta, y cuando deja de apuntar a mi garganta, es porque dirige su filo hacia mi corazónEn cuanto al muro, es verdad que a veces olvido que se trata de una pared de hielo y cansado, busco apoyo en él: no bien lo hago, un escalofrío mortal me recuerda su naturaleza.  He vivido así los últimos meses. No sé por cuánto tiempo aún podré evitar el muro, la espada. El espacio es cada vez más estrecho y mis fuerzas se agotan. Me es indiferente mi destino: si moriré de una congestión o me desangraré a causa de una herida, esto no me preocupa. Pero denuncio definitivamente que entre la espada y la pared no existe lugar donde vivir”.


Recordar, del latín, recordis, es volver a pasar por el corazón… y que sea así está bien... pero no sólo... por lo que hace tiempo intento darle un marco teórico a lo sucedido en Toén, para explicar, cómo cierta lógica clínica introducida en este espacio hospitalario, ha tenido y tiene consecuencias, para los que por allí pasan, viven… y trabajamos, con mayor o menor acierto. Cada cierto tiempo una vuelta de rosca... una lectura, un sedimento.


El poder es una importante cuestión con múltiples aristas, puntos ciegos, paradojas, ambivalencias y sinsabores, a los que hay que intentar dar solución de la mejor manera posible, la cosa no es fácil, aunque disponemos de un arsenal de coartadas variopinto para quedarme si quiero, siempre a salvo y bien parapetada, con la sinrazón y el poder de mi parte... pero parece que no siempre es el caso.


El poder es muchas cosas, y la obra de Foucault es insoslayable y de obligada lectura. Concretamente imprescindible el conjunto de 12 lecciones que sobre el poder psiquiátrico, dictó en el Collège de France entre los años 73-74.


En él, página a página, cuestiona, desmenuza, y pone en el brete tanto al corpus teórico psiquiátrico, entendido en una de sus acepciones: como conjunto de estrategias de poder, como a sus representantes: los psiquiatras.


Es un clásico porque es totalmente actual y aporta luz a los que estamos en espacios psiquiátricos en donde hay un elevadísimo riesgo de caer en el abuso, los despropósitos y la insensatez,  pues siempre tenemos como el delirante: “el as para matar el tres” y salirnos si queremos con la sinrazón aunque nuestra, siempre .


En mi experiencia el poder es ante todo una atmósfera y un espacio omnipresente, aunque quiero creer que dulcificado en el hospital en el que trabajo. Como atmósfera es a veces difícil de habitar, y como territorio, complejo de delimitar.


Para Borges el desierto de los tártaros es, la presentificación de la postergación infinita pero también, el silencio y la reticencia. Parece que la aridez del desierto, la sequedad y la contención y rigidez de lo militar favorece que ninguno de los personajes, que son bastantes, anuncian claramente sus propósitos o emociones. Ni siquiera su protagonista, el teniente Giovanni Drogo, recién salido de la academia militar y que pasará en la Fortaleza Bastiani 30 años, sin saber por qué. Todos esperan infinitamente que sobrevenga un ataque...que nunca llega. Las conversaciones mueren en sobreentendidos, en silencios incómodos, en reticencias y evasivas que apuntan a una realidad interior: la de la insatisfacción, la de la frustración y el sinsentido, nunca reconocida, pero siempre presente, que va ahogando al lector en una atmósfera cada vez más pesada y agobiante.


Pues bien estas dos referencias literarias describen magistralmente la vivencia subjetiva de mi aterrizaje en el manicomio, cada una está traída aquí por cuestiones diferentes pero en los dos casos es en relación al poder.


Me centraré en el par transferencia e institución para cernir algo sobre este tema.


Transferencia e institución hace referencia a un par clásico en el debate teórico psicoanalítico. Es la pareja de baile con la que los que trabajamos en instituciones, en el sentido de institución total de Goffman, más o menos dulcificada hoy en día, hemos  de lidiar.


El encuentro entre el psicoanálisis y la institución nunca ha sido fácil. El psicoanálisis no tiene ninguna razón de ser, ni de estar en las instituciones psiquiátricas, si el deseo del psicólogo, del psiquiatra o de cualquier otro que forme parte del grupo de trabajo, se reduce exclusivamente a responder a la demanda de curación por parte del Otro social, que es en definitiva lo que se nos demanda.


Como bien dice Miquel Bassols: “la institución, sea cual sea, es la forma social que toma el conflicto intrasubjetivo que llamamos deseo, en sus paradojas con la ley social”.


Freud, en su estudio sobre las instituciones, confirmó que éstas se fundaban en procesos de idealización, de identificación con el ideal del yo.


Retomo a Bassols: “las instituciones se fundan necesariamente en la represión del deseo particular del sujeto y en lo que Freud llamaba la satisfacción pulsional”. “No hay institución sin renuncia a una satisfacción pulsional; lo instituido reprime por definición al deseo instituyente, esta es la regla de análisis de toda historia institucional; esta es la ley que sigue, a veces de manera cruda, la historia de las instituciones”.


No hay buen remedio para este conflicto que llamamos deseo en su paradoja con el ideal. Hay elecciones... hay decisiones, que suponen siempre una pérdida y una ganancia… pero no hay solución al conflicto. En todo caso intentaremos que en cada institución, se pueda alojar la particularidad del sujeto de la palabra, desconfiando de los efectos de la identificación, que generan: idealización y segregación como producto, amenazas que pulsan a cada paso queriendo hacerse su lugar mortífero en la vida institucional. Advertidos de ello hemos de obrar en consecuencia.


En una institución de estas características, con sus morrenas y detritus acumulados de años de duración, y algunos imposibles, hay que bregar... no queda otra.


La paciencia se impone, a riesgo de ser devorados y fagocitados por ella, todopoderosa e insaciable. En la institución existen formaciones que, como en cualquier lugar, son las del inconsciente, con sus más y sus menos. De modo habitual la inercia se impone, y con ella, una feroz resistencia a aceptar cualquier cambio, por pequeño que sea que abra la posibilidad de la pérdida del status quo, en el que cada cuál administra su pequeña cuota de poder como pequeño amo reinando en su minúsculo territorio.


De modo general el concepto institución suele entenderse como un conjunto de normas, la mayoría escritas y reglamentadas, que hay que respetar, cumplir y hacer cumplir, aunque con niveles de aplicación diferentes, entrando así de lleno en el enfangado terreno del poder, con frecuencia arbitrario.


Normas y reglas que apuntan al horizonte ideal que sería imaginariamente alcanzado cuando su cumplimento sea “total”... sin fisuras, sin malentendidos… Se trata de hacer existir LA LEY con lo que de loca tiene esa aspiración.


De este modo, y derivado de la causa, entendida en el sentido lineal, se intentará domar “lo desviado” que recibe desde los márgenes de lo social que va quedando en la cuneta.


La “desviación” entendida como el síntoma que irrumpe para desbaratarlo todo, hace imposible lograr la idílica paz social, perdida de antemano, pero planteada como meta deseable. Silencio por tanto en vez de ruido, pulsión de muerte en vez de eros.


El riesgo de aplastamiento de la singularidad del síntoma de  cada uno, lo más particular que cada uno tiene, se ejerce bajo la consigna del famoso eslogan: “igual para todos” que se pretende aplicar y que se sirve como menú de cada día en el psiquiátrico.


La pregunta a formular sería: ¿ cómo ingeniárselas para que el trabajo en una institución, no de nueva creación, si no ya con su historia, pueda ser organizado, sin sucumbir al goce aniquilador estandarizante que pulsa a cada paso? ¿cómo maniobrar en las pequeñas o grandes luchas de poder, que tanto vertical como transversalmente, pulsan por emerger para ejercer el poder que de tan enraizado que está, ni se cuestiona en lo más mínimo o ni siquiera se detecta?


Comentaré como no puede ser de otro modo, mi experiencia en una institución con ya 11 años de recorrido.


Podríamos decir que se trata de una práctica clínica que no se reduce al consabido y archirepetido :“trabajo en equipo”. Aclaremos las comillas de equipo. Con frecuencia, bajo ese par significante se oculta lo que después la realidad diaria revela como de alto riesgo: el efecto de disolución de la responsabilidad subjetiva de cada miembro en el efecto grupo, que como sabemos, se constituye y solidifica, bajo el ideal de completud, sin falta.


“Eltodoelequipo” tiene el riesgo bien de taponar la aparición del sujeto, bien de aplastarlo en el consenso de lo que el equipo considera que “conviene al otro” al que dirige sus desvelos usando para ello si es preciso, el “sentido común”.


Por el contrario, la asunción de la singularidad del uno por uno, permite desarrollar entre otras cosas, la dimensión de la tolerancia frente a las diferentes opiniones expresadas en la dirección de cada caso clínico, y discutir los distintos enfoques o soluciones singulares que cada uno puede aportar a la construcción del caso del cual es responsable. Se trata de  intentar desembrollarse de líos transferenciales que suelen acabar eclipsados en el colapso imaginario, en puntos ciegos o en la serie sin fin de pasos al acto de cuidados y cuidadores sin saber por donde tirar...


Se tratará de descompletar el imaginario de grupo y poner el acento en la solución singular, que tal o cuál sujeto ha inventado para hacer que su goce sea algo más vivible. Obstaculizar la dimensión imaginaria de la transferencia, puede permitir que los sujetos psicóticos ingresados, puedan ponerse a trabajar con su locura para limitar el goce mortífero que puede habitarlos, aunque... hay que saber que esa posibilidad no siempre será posible.


No se puede decir en oposición al término trabajo en equipo, que se trate de una “práctica entre varios” en el sentido que Miller da a este término, al no compartir la orientación psicoanalítica como referente teórico, todos los que allí trabajamos.


Por tanto: no somos un equipo en el sentido que he señalado, puesto que aquí la responsabilidad no es algo de lo que poder escamotearse ni zafarse, tampoco una práctica entre varios... entonces ¿qué es esta manera de hacer de la que hablamos? ¿cómo nombrarla?


Me gusta la manera de decir de Antonio Di Ciaccia en su articulo De la Fundación por Uno a la práctica “entre varios”.


Dice Di Ciaccia: “hay más de una manera de trabajar entre varios, y esa diversidad depende estrechamente de ese Uno fundador. La articulación entre lo Uno y lo múltiple es esencial. Es ésta articulación misma, lo que nosotros llamamos institución. Luego todas las instituciones no son equivalentes como tampoco lo es su historia. Y la práctica entre varios es pues diferente según el funcionamiento institucional”.


Como ejemplos toma la Iglesia y el Ejército. Sabemos que el Uno fundador da cohesión a la masa. En el caso de la religión el Uno fundador es el amor a Cristo. En el caso del ejército será compartir los ideales y delirios lo que da cohesión a lo militar. En ambos casos se generan “segregados”, filias y fobias, cuando no directamente, los odios… o las guerras” “ a los que están fuera del vaso cerrado institucional se les reserva un desprecio total, el odio sino la guerra”.


Nuestro trabajo entre varios, es diría yo “a nuestra manera” no se me ocurre otra definición. No se orienta por este Uno del Amo, que si bien lucha siempre por aparecer, puede ser agujereado un poco... para hacerle perder “un algo” de su consistencia... para convertirlo en algo más permeable.


Sabemos que el discurso del amo, con su bien y con su mal, desciende como la roca de Sísifo por los peldaños de los diferentes estamentos, siempre en pugna, con sus convenios en alto, para hacerse el dueño y señor de toda la institución. Ese es el marco de referencia. No es Freud, vía Lacan, de modo global… lo es en una ínfima parte, pero maniobrar con ese resto, con ese poco, con ese no-todo, no sostenido en el Uno del Amo que intenta afianzarse sobre el discurso analítico, que es el reverso del discurso del amo, será de lo que se trate de modo general, sabiéndonos siempre sometidos a cierta precariedad casi estructural.


Hay que aferrarse al deseo existente en relación al psicoanálisis y al efecto de la palabra, como a un clavo ardiendo para no sucumbir.


Se trata de funcionar sin ese Uno del amo, dicho de otro modo, de introducir el A Barrado… que así como quién no quiere la cosa, rompe la supuesta completud… introduciendo la falta y su manejo, y sus declinaciones derivadas que es en definitiva de lo que se trata.


Es un saber hacer del lado de lo femenino en relación con la falta, en contraposición al hacer que dicta la norma fálica imperante. Esto es lo que ha operado a nivel teórico en la reorganización hospitalaria con efectos clínicos y de dulcificación del ambiente de modo general. Poder si... claro, pero notodo arbitrario, y con atisbos de instauración de la autoridad versus el poder, con las declinaciones correspondientes en todos los aspectos de la vida institucional. En definitiva el eslogan ahora es mas bien: a cada uno lo suyo.


Podríamos decir también que se trata de un saber hacer con la institución, entendida como el texto de las reglas que la rigen, a modo de tablas de la ley bíblica, que deja fuera que primero fue el verbo… En este punto a modificar estamos introduciendo que es posible un trabajo entre varios articulado sobre el deseo en el que tejer una transferencia en red como una tela de araña: sedosa, elástica pero mas fuerte que el acero, bajo una apariencia frágil.


Haré un resumen de lo sucedido dividido en tres tiempos, que son tiempos lógicos equiparables al tiempo de ver, de comprender y de concluir psicoanalíticos.


Primer tiempo: La llegada a una institución marcada por el abandono y la violencia institucional me confrontó con un real, entendido como lo que vuelve siempre al mismo lugar, que era insoportable para mí y que no era otro, sino el poder y la violencia ejercida del modo acostumbrado en estos territorios. Un acto, en relación al tratamiento de un paciente psicótico muy grave, chivo expiatorio de toda la institución, ponía al amo gerencial contra las cuerdas, para recordarle que aquel territorio era ingobernable, eso activó mi deseo y puso en juego la ética como analista. Los efectos, después de muchos avatares, fueron: cierta pacificación general, la introducción de cierta des-completud necesaria, que generó como afecto, el entusiasmo por un proyecto posible y un deseo de saber inédito hasta esa fecha.


De la norma fálica de funcionamiento, con su consabido:“para todos” hubo un pequeño resquicio para el no-todo...que hizo aflorar la singularidad, y la posibilidad de que la palabra fuese acogida como algo pacificador, y que las explicaciones, formuladas hasta entonces en términos de conductas, pasasen a ser entendidas como actos con un sujeto responsable, mas allá de su mayor o menor locura, instaurando así una nueva dimensión clínica y unas intervenciones orientadas por otra lógica clínica. Es decir, no fue por la vía de la identificación o del ideal, sino por la vía del acto, que algo pudo producirse.


Fue un tiempo de intenso clínica y teóricamente marcado por el afecto del entusiasmo que pudo sostenerse durante unos años.


Segundo tiempo: Unos años más tarde, fue un nuevo acto el que de nuevo cambió el escenario, reorientando de nuevo el rumbo. En esta ocasión, el acto, entendido como aquello que produce un corte, que introduce “un antes y un después”, consistió en la denuncia del estado calamitoso de las instalaciones a los responsables de la administración sanitaria y política implicados, a través de las pertinentes cartas y fotos que visibilizaban el estado abandónico del lugar en cuestión.


Los efectos transferenciales no se hicieron esperar. Fueron demoledores. Irrumpieron bajo el paraguas del odio, revestido de buenas intenciones, desde los múltiples sectores implicados: trabajadores, profesionales, partidos políticos, sindicatos y población general, todos se unieron con la intención de disolver desde dentro, un proyecto que demandaba dignidad y respeto por los derechos de los que allí estaban y trabajaban. Los trabajadores, coagulados bajo el epígrafe “personal”, como colectivo que excluía a los profesionales denunciantes, se vieron así cuestionados en el ideal que les sostenía como grupo, y surgió la división subjetiva y las responsabilidades grupales e individuales hicieron aparición de múltiples maneras, según el estilo de cada cuál.


La respuesta, muy ruidosa en lo social, y en el lugar de trabajo, y de mucha duración en el tiempo... (años) estaba encaminada a intentar tapar la propia falta y responsabilidad en lo ocurrido, acabó cuajando en un discurso cínico y paternalista, que a la manera de un amo, decía saber lo que el otro mayoritario de la psicosis necesitaba: paz, tranquilidad, paseos, naturaleza… y alejamiento del mundanal ruido, negándose con firmeza a admitir que lo que el discurso manifiesto vociferaba era indefendible desde el punto de vista de la ética y de mínima honestidad. Estábamos en el discurso de lo cínico.


Tercer tiempo: Ya el de concluir una historia, y empezar otra en otro lugar, esta vez desde la dignidad de unas instalaciones estupendas, se plasmó en un repetir en fotomatón, no sólo el funcionamiento antiguo, sino en traer a la nueva realidad arquitectónica, además del viejo discurso de la segregación y del paternalismo, los malos augurios… que como plagas iban a caer al decidir salir de “lo natural... del campo” como había sido siempre, y pasar por cercanía a “un rural más urbano”.


El cambio sería como presagiaban la madre de todos los vicios y desmanes… la madre de todas las desgracias: atropellos en la carretera, problemas con la vecindad... y hasta riesgos de otros órdenes... pensados pero no dichos, y por supuesto, la imaginada añoranza del paraíso perdido... al que todos querrían regresar.


Como era de esperar, la plaga bíblica no hizo su aparición, pero fue en la vía de lo administrativo, en el proyecto clínico organizativo necesario para ordenar el día a día de la institución, en donde el rechazo fue frontal. Decidimos no entrar en escalada imaginaria... al fin y al cabo no por qué esté escrita tiene mas valor. Frente a la reivindicación: que todo siga como estaba, como resistencia explicitada, el cambio se introdujo implicitamente, sin hacerlo escrito, en un como quién no quiere la cosa... sin ruido... sin amenazas, sin enfados, sin chantajes... pero sin retroceder.


Los varios que trabajan juntos no están unificados como dice Di Caccia verticalmente por identificación al Uno que es el amo, aunque la institución fuerza siempre a hacerlo existir, a darle consistencia y cuanta mas mejor sino que al contrario, los varios son solidarios de la interrogación horizontal y solidaria, que cada uno porta en su encuentro singular con el otro con el que habita, esté afectado de psicosis, en mayor o menor medida, o de graves neurosis muy actuadoras y solidificadas debido al efecto de un discurso en donde, lo educativo, explicable y entendible, es la norma que ha ido fraguando durante años al circular por muchos y variopintos dispositivos psy.


Su correlato esperable acorde a esa tesis es aplicar lo corregible y alcanzable, incluso con tiempos programados para cada malestar... en el que se busca el supuesto bien del sujeto, conforme al ideal de la psicoterapia. En su defecto y ante el fracaso se buscará conseguir el silencio sintomático, pretendiendo incluso el adiestramiento o la domesticación del síntoma, ignorando que es ineducable e ingobernable con la razón y la voluntad.


Desde luego, es mucho esperar que puedan evacuarse los fenómenos imaginarios que contaminan la institución, y que complican las redes transferenciales, que repartidas entre las intervenciones de lo multidisciplinar están a cada paso haciendo aparición, con sus embrollos y malentendidos permanentes, y que en muchas ocasiones acaban en pasos al acto, o en la promoción de locos proyectos e intervenciones orientadas por lo que se supone es, lo que el otro precisa, sin facilitar lo que debe de ser deseable: cuestionarse con los otros la propia práctica, en donde cada uno está llamado constantemente a ser responsable en primera persona sin ninguna coartada del tipo que sea.


Más allá de las jerarquías inherentes a cualquier institución al uso, propias de un hospital psiquiátrico, con multiplicidad de  estamentos, que trocean y compartimentan al sujeto objeto de desvelo de cuidados, espacios y terapias varias, y con el riesgo de ser disputado en aras de la intervención de cada uno, alguien en la institución deberá de mantener abierto un vacío, incicatrizable, encarnándolo de modo nuclear.


Como dice Di Ciaccia “no pues, amo, ni amo del saber, sino servidor de esta tarea y garante, de que cada uno de los múltiples del equipo, puedan relacionarse en su trabajo con los otros”, es a ese punto central que Di Ciaccia llama: el Uno del vacío.


Uno del vacío, que despejará las relaciones de los efectos imaginarios, de las rivalidades internas o externas al grupo, y entre los varios constituyentes, porque sabemos que las rivalidades lo que generan es parálisis, empobrecimiento del trabajo, aplastamiento del deseo y triunfo del desencanto. Así, el cada uno de la institución, está llamado a fundarla a partir del propio vacío, vacío que no es otro, que el vacío de su propio ser…al que se confronta, intentando dar cabida a la invención, a la sorpresa, y evitando el más de la repetición y del paso al acto de cuidados y cuidadores que sabemos es una amenaza constante.


Pero vayamos un poco más. Estamos inmersos en un lugar que está,y precisa de un trabajo en red con múltiples dispositivos.


De modo habitual en la institución los casos presentan fenómenos de irrupción de goce con manifestaciones en el cuerpo y en la actuación: consumos de tóxicos o de fármacos en exceso, errancias, aislamiento, agitación, ausencia de lazo social...violencia, desvitalización grave, pasajes al acto, acting outs...marginalidad, promiscuidad…


El diseño de las estrategias a realizar no buscan la erradicación de lo disruptivo como comentaba antes, sino la inserción en un discurso. Se trata de que el síntoma pueda ser alojado en el  Otro, lo que implica un fiarse de los poderes de la palabra como V. Coccoz dice en su artículo: “Modalidades de la transferencia reticular”.


Los recursos puestos en marcha intentarán restablecer el lugar del sujeto apoyándose en la autoridad que la transferencia otorga, y desplazarla hacia la modalidad simbólica de la intervención, de tal modo que evite el colapso imaginario. Así se va perfilando una transferencia plural que como ella dice de modo muy acertado, podría llamarse reticular.


“Esta operación crea el marco simbólico que permite una atmósfera adecuada para el rescate del sujeto presa de la pulsión de muerte” V. Coccoz.


En todo este proceso las indicaciones y contraindicaciones formuladas, tanto implícita como explícitamente, están orientadas a poder encarnar un Otro regulado y no caprichoso, permeable a la excepción que el síntoma representa, alejado de ese Otro perseguidor, feroz y sin ley, que suele ser el de la norma institucional que tiene a gala la instauración de reglas y manuales. El sujeto ha de ser parte activa del proceso y hay que estar atentos para evitar el riesgo fácil de la cosificación.


Pero la institución tiene también una función básica que es la del acogimiento en el sentido de ofrecer hospitalidad, de ofertar cuidado y protección limitando en lo posible el goce que desatado acaba en acting o en pasaje al acto.


El trabajo en red busca conseguir un punto de anclaje del sujeto que le incluya en un discurso, intentando evitar la marginalidad, la exclusión y la segregación. Solidario el registro del síntoma, como un valor de verdad del sujeto, como una verdad reprimida que se hace escuchar en él, está el registro de la transferencia, que para Lacan esta vinculado al uso del tiempo de comprender.


La institución debe de servir como medio de introducir el tiempo de comprender de cada sujeto, en una época en la que el intervalo entre el deseo y la satisfacción se acorta cada vez más. Se acorta tanto que tiende a ser inmediato, a desaparecer, dando forma a la clínica actual gobernada por la prisa de los que llegan, de los que están y de los que quieren salir... de donde sea... sin olvidar que, en el psicótico no sólo hay transferencia, sino que además es fundamental situarse bien en ella para poder operar con él de la buena manera.


Para concluir como Zenoni comenta en La orientación analítica en la institución psiquiátrica la cuestión a dilucidar es entonces saber si el psicoanálisis puede aclarar, guiar, y orientar la practica hospitalaria como tal; si puede permitir ejercer una acción médica y de asistencia, de ayuda y de albergue adecuada para dar lugar a la clínica del sujeto, tomando como referencia las diferentes modalidades de retorno de lo real de la pulsión en el contexto de una vida institucional.


No se trata de saber si el psicoanálisis tiene un lugar entre las otras prácticas del campo médico-social, sino si esas otras prácticas pueden ejercerse teniendo en cuenta las hipótesis del psicoanálisis. Se trata de saber si los discursos que atraviesan una institución inscrita en el campo médico-social pueden ser orientadas por las preguntas del psicoanálisis.


Quizás también haya que estar empujada/os para sostenerse, por un cierto “entusiasmo irracional”… quizás... es más... casi seguro.


Gracias.

Chus Gómez. Piñor, 8 de mayo no del 1968 sino de 2016.



BIBLIOGRAFÍA:


RIVAS, E. Pensar la psicosis. El trato con al disidencia psicótica o 

el diálogo con el psicótico disidente. Madrid: Miguel Gómez Ediciones, 2005.


FOUCAULT, M. El poder psiquiátrico. Curso en el Collège de France (1973-1974) Ed. de Fréderic Gros; Ttrad. de Horacio Pons; Buenos Aires: FCE, 2005


HUERTAS, R. Foucault, treinta años después. A propósito de El poder psiquiátrico. R. Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia; 2006. Vol.LVIII, nº2 , julio-diciembre, págs. 267-276, ISNN: 0210-4466.


FERNANDEZ BLANCO; M. Transferencia e Institución; Conferencia Sección Clínica de Milán del ICF.


BUZZATI, D. El desierto de los tártaros. Madrid: Alianza Editorial, 2004.


PERI ROSSI, C. El museo de los esfuerzos inútiles. Barcelona: Seix Barral, 1983. 


La práctica entre varios. Cuadernos de psicoanálisis. Número 28. Revista del Campo Freudiano en España. Ediciones Eolia.


El psicoanalista en la Institución. Cuadernos de psicoanálisis. Numero 27.


Revista del Campo Freudiano en España. Ediciones Eolia.